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Avui us passo un interessant article escrit per el corresponsal de La Vanguardia a Nova Delhi Jordi Joan Baños comparant les dues grans potències asiàtiques emergents: Xina i India.

India y China, incomparables

Khan Market, Defense Colony o Green Park son algunas de las burbujas en las que los occidentales residentes en Delhi o los indios acomodados van de compras, cenan o toman café, dándose un respiro de la hostilidad ambiental y climática de la gran ciudad india. Los alquileres en estas zonas son elevados y los nativos afirman sin sarcasmo que se trata de zonas pijas, aunque si uno se descuida puede ser engullido por una cloaca. En Green Park por lo menos es posible caminar cien metros en línea recta por una acera (y sólo una) sin ser atropellado, lo que no está mal para Delhi, pienso, mientras me distraen dos cosas: a la izquierda, un anciano milagrosamente sentado en cuclillas en una valla de la anchura de una caja de cerillas; a la derecha, el empleado de una tienda supuestamente pija barre algo, enérgicamente, hacia la acera. Se trata de una gordinflona rata muerta. Ahí se queda. Son imágenes inequívocamente indias que me lo parecen todavía más a la vuelta de China.

Los dos gigantes demográficos, China e India, se convierten a buen paso en gigantes económicos que exigen un peso proporcionado en la escena política internacional, que consideran secuestrada por Occidente desde por lo menos el siglo XIX. El siglo XXI será el siglo de Asia y China e India serán dos de sus actores principales. Sin embargo, basta un paseo por Pekín y Delhi, por Shanghai y Bombay, para constatar hasta qué punto el ascenso de ambas potencias -que tan a menudo se pone al mismo nivel- es dispar. En realidad, China ha dejado de ser una potencia en ciernes para ser una potencia a secas, la tercera economía del mundo tras superar a Alemania. De momento. India es también un gigante, pero, literalmente, con pies de barro. Y su economía no tiene siquiera el tamaño de la de España. De momento.

He leído varias veces -y me lo repite un joven científico indio que trabaja en Shanghai- que el desarrollo económico de China se encuentra quince años por delante del de India. Más o menos, el tiempo que dista entre las reformas de Deng Xiao Ping, a finales de los setenta, y las de Manmohan Singh, como desregulador ministro de Finanzas, en 1991. A esto en inglés se le llama wishful thinking y en castellano, engañarse a uno mismo. El abismo entre Pekín y Delhi, Shanghai y Bombay, se antoja de por lo menos veinticinco o treinta años de desarrollo. Si es que se puede medir así: la distancia económica entre China e India parece tan insalvable como la existente entre las dos orillas del Mediterráneo.

Decir que la China rural está muy por detrás no sirve: la India rural lo está mucho más, con índices de malnutrición infantil o analfabetismo iguales a los del África Negra. En realidad, el abismo entre China e India, no disminuye sino que sigue aumentando. Ambas economías crecen, a diferencia del resto del mundo, pero India lo hace al 5-6% y China al 8-9%. Está por ver si India consigue hacer realidad el famoso dividendo demográfico -durante algunos lustros va a tener muchos menos niños y todavía pocos jubilados (a diferencia de China). También habrá que ver si India consigue crear empleo digno para esa masa ingente de población en edad productiva – los servicios sólo dan para una minoría educada. Al mismo tiempo, habrá que ver si China consigue ir más allá de ser la fábrica del mundo, algo necesario si quiere acercarse al nivel de bienestar de Occidente, basado en los servicios.

Se ha escrito que China está viviendo lo que Japón -ahora respetablemente estancado- experimentó entre 1960 y 1990. Pero por su tamaño, se trata de mucho más que eso. En el imaginario de más de mil millones de personas, la costa pacífica China es la América del siglo XXI y, dadas sus particularidades políticas y la masa de población todavía por urbanizar, seguirá siendo una América “sólo” para chinos durante mucho tiempo. Uno puede pensar que la imperial y olímpica Pekín o que la cosmopolita y moderna Shanghai son sólo escaparates. Pero uno se acerca a Suzhou -una ciudad pequeña, es decir, del tamaño de Barcelona- en un rápido y moderno tren regional que ya quisiéramos en España, y se encuentra con el mismo desarrollo. Y las ciudades de mayor tamaño y desarrollo se cuentan por decenas en China. Desde la ventanilla del tren, impecable, se ven espectaculares obras de infraestructuras con las que China compensa la ralentización económica en la industria exportadora. Le ahorraré a India el bochorno de comparar el estado de sus líneas de ferrocarril heredadas de los británicos, de sus trenes y su velocidad. Quien se atreva, que intente meterse en un tren de Bombay en hora punta para comprobar los límites del cuerpo humano. El metro de Delhi, eso sí, es más moderno que el de Pekín o Shanghai, aunque claro, apenas tiene seis años y en Bombay apenas han empezado las obras.

La dimensión de China siempre ha impresionado a los europeos, desde Marco Polo. También a los castellanos que, en el siglo XVI, comerciaban activamente con China a través de Filipinas. No es muy conocido que dicha plata española, llegada de Acapulco, contribuyó decisivamente a que la dinastía Ming concluyera la Gran Muralla.

Y viniendo de las junglas urbanas de India, la aparente buena gestión de las ciudades chinas impresiona. China parece funcionar. Contamina y es ineficiente en el consumo de agua y energía, pero, comparada con India, funciona. Ya se ven más bicicletas en Barcelona que en Pekín. Pero los taxis pequineses -dios mío, !los rickshaws indios!- ponen el taximetro sin discusión y tienen aire acondicionado. China no tiene dos partidos, ni tres, ni trescientos, sino sólo uno. Nadie en Europa aceptaría ya algo así. Nadie quiere volver a un régimen sin división de poderes (aunque esto sea muy relativo incluso en España, véase la composición del Constitucional). Ni a las limitaciones en la libertad de expresión o asociación. Mayor Oreja podría repetir en Pekín que quien no se mete en política (o mejor aún, quien se mete en el partido único y prospera, en la administración o en la empresa) vive plácidamente.

Lo que en India es desorden, suciedad y picaresca, parece aquí orden, limpieza e imperio de la ley. Hasta los policías parecen policías -con sentido del humor- y no vagos extorsionadores, como en India. Las multitudes hormiguean en uno y otro país. Pero las multitudes chinas -en Pekín, Shanghai, Xian o Suzhou- parecen mucho más felices y, sobre todo, iguales en dignidad. Más homogéneas, pero no en un sentido arregimentado -los treinta años de comunismo maoísta parecen un episodio digerido, más incluso que en Europa Oriental- sino en el sentido en que las sociedades y culturas europeas aparentan ser interclasistas. Por no hablar de la desigualdad entre hombres y mujeres, tan acentuada en India y tan poco apreciable en China.

Mao se quejaba de lo poco que había conseguido desviar al pueblo chino de su forma de pensar tradicional. Aunque la propiedad estatal del suelo parece irreversible y es una de las claves de la rápida ejecución de proyectos urbanísticos y de infraestructuras. Los excesos del Gran Salto Adelante o de la Gran Revolución Cultural Proletaria destruyeron un patrimonio arquitectónico -entre otros- que ahora se afanan a construir como en un parque temático. Y sin embargo, el estrujamiento igualitario maoísta seguramente creó unas bases más sólidas para la democracia -el día que llegue- que las de India, incluso sesenta años después de acudir regularmente a las urnas, a menudo en clave de casta.

En Hauz Khas, Delhi, los niños juegan al críquet -ese deporte inglés- entre las ruinas musulmanas. Sobre las ruinas físicas y mentales del pasado, India superpuso hace sesenta años el armatoste de la democracia parlamentaria y pluripartidista, caído del cielo (británico) de la independencia. Nada más alejado de la antiigualitaria y jerárquica mentalidad india. Las nacientes élites autóctonas lo aceptaron con la esperanza fundada de meterse en los zapatos de los ingleses y conseguir los empleos y las sinecuras del nuevo estado en construcción -con sus posibilidades de negocio para agilizar trámites u obstruirlos.

En cambio, la milenaria meritocracia china -los exámenes imperiales- parece haber colocado en los lugares de responsabilidad a buenos gestores, también en su actual encarnación del PCCh. Decir que el PCCh encabeza una dictadura podría ser una simplificación occidental. El respeto a la autoridad -cuando garantiza un buen gobierno- forma parte de la cultura china desde Confucio. “La sabiduría es trabajar por las cosas a las que tiene derecho la gente corriente y guardar las distancias con los dioses”, dicen los Analectos. La cultura política y la mentalidad no podrían ser más distintas a las indias. “No debe inquietarte que los otros no sepan ver tus talentos, sino tu incapacidad para ver los talentos de los demás”, dice también la tradición confuciana. La jerárquica mentalidad india está en las antípodas de ese pensamiento y la exhibición y reconocimiento del estatus lo son todo en la vida social india, marcada todavía por la adscripción de casta. Los indios, con sus exigencias, son la pesadilla de las azafatas de vuelo.

También es una simplificación decir que India es una democracia. En China se publican de vez en cuando, en la prensa controlada, escándalos de corrupción, que sirven para aplacar al pueblo y hacer purgas de segundo y tercer nivel, mientras la parte alta del escalafón decide el ritmo de su relevo. Pero si en China es un escándalo que un funcionario se apropie del 10% o el 20% de los fondos de un proyecto, en India se da por sentado que poco más del 20% del dinero de cualquier proyecto llega efectivamente a su destino y que el 70% u 80% restante será el botín de políticos, burócratas e intermediarios. Y lo que es peor, la supuesta prensa libre india consigue no informar de un sólo caso de corrupción. Es más, el diario en inglés más vendido del mundo, Times of India, vende espacios de publicidad a las grandes corporaciones a cambio de un porcentaje accionarial.

Dicho esto, es verdad que muchas de las redes sociales con origen en EE.UU., como Facebook o Youtube, no son accesibles en China. Y la prensa internacional sólo se encuentra en los aeropuertos (y en Internet, ese caballo de Troya). China apoya a regímenes despreciables como Birmania. Pero también lo hace India. El mundo se sorprende de que apoyar a dictadores sanguinarios -sanguijuelas para sus pueblos- no sea un privilegio de EE.UU. o de Francia. Sin embargo, no es seguro que el mundo vaya a ser más justo cuando China e India pesen más. Quizás todo lo contrario. Quizás más de uno añorará al malvado imperialismo yanqui.

Charles, un chino que viaja a menudo a India -trabaja en una multinacional hotelera- se confiesa. “Cuando mis amigos indios me preguntan qué pienso de India me ponen en un aprieto. En China respetamos su historia milenaria y su cultura, pero la despreciamos en lo material”. Así es. Del mismo modo que los indios desprecial el Made in China, porque no hay cualidad más importante para el consumidor indio -reciclaje, low cost- que la durabilidad de un producto.

Shanghai -el skyline de Pudong, la asombrosa Plaza del Pueblo- o Pekín son un escaparate, afirman. Pero India no tiene un sólo escaparate. Y en cambio, en ciudades como Bombay la mitad de la población vive en chabolas, algo aparentemente erradicado de las ciudades chinas. En las afueras de Pekín hay barrios dormitorio de muy poco glamour. Ciertamente. Aunque media Catalunya es así. El barraquismo es un auténtico problema de derechos humanos del que India se ha vuelto acordar gracias al triunfo de Slumdog Millionaire, del director británico Danny Boyle. Pero la prensa occidental no lo utiliza como arma política contra India, como si fuera un fenómeno tan natural como los monzones.

La India, patria de las estampidas, es totalmente incapaz de organizar unos Juegos Olímpicos como los de Pekín, aunque Nueva Delhi organizará el año que viene los Juegos Olímpicos de la Commonwealth. Como hablar es gratis, los (ir)responsables políticos indios han dicho que Delhi se despertará el año próximo como una ‘world class city’ (una ciudad internacional de primera categoría). Con la misma irresponsabilidad han prometido que en tres años India será un país sin chabolismo. Aunque todo el mundo sabe que dentro de tres años habrá más y peor. Los indios saben qué pueden esperar de su cleptocracia y de su capitalismo salvaje, en el que, en las empresas de menos de 20 trabajadores (es decir, en el 99%), sencillamente no hay derechos laborales.

China e India tendrán los mismos habitantes en algo más de una década. Pero no pesarán igual, entre otras cosas, porque su unidad no es la misma. Mil millones de personas escribiendo la misma lengua y con apenas cien apellidos (el 92% de chinos de etnia han) parecen una fantasía de Andy Warhol. Abro paréntesis, para citar al amigo Pablo M. Díez, corresponsal de ABC: “Si una china te ignora no pasa nada, al poco tiempo te encuentras a otra, que no sólo es idéntica, sino que se llama igual”.

El número cuenta. Y cuando se son 1200 o 1300 millones se puede apostar por la modernidad a tumba abierta. Se puede jugar a ser América. Quemar las naves y ser completamente moderno. La globalización no diluirá a mil trescientos millones de chinos. El pasado es pobreza y opresión. El futuro, una vida más digna y confortable> aunque la piqueta se lleve por delante barrios antiguos, pintorescos (o no) e insalubres (o no), de han, tibetanos y yugures sin distinción.

Lo que en China es igualdad en India es diversidad y fragmentación. De lenguas, de alfabetos, de castas, de religión, de etnia. Ningún grupo en India suma en realidad más de algunas decenas de millones. India ha lidiado de forma encomiable, en general, con su diversidad, y ha adoptado una estructura federal, plurilingüística y laica, base de su supervivencia. Y sin embargo, el Xinjiang de India se llama Cachemira. Y el Tíbet de India se llama Manipur, Nagaland, Asam, etc… (son muchos más que los seis millones de tibetanos, pero están fuera de la agenda mediática)…o Arunachal Pradesh. Aunque China llama a este último estado Tíbet del Sur y lo reclama (China barrió a India por aquellos lares en la guerra de 1962. Algo que confirmó el miedo atávico de los indios al poderío chino, a su disciplina, a su laboriosidad, a su unidad.

He tenido que ir a China para circular a 431 km/hora. Velocidad punta del Maglev, el tren de levitación magnética que circula entre Pudong y el nuevo aeropuerto del mismo nombre, en Shanghai. Treinta kilómetros en siete minutos. Es, desde 2004, el tren comercial más rápido del mundo. La vetusta red india de ferrocarriles -y uno diría que muchos de sus trenes- es la misma que dejaron los británicos y la lentitud es la misma.

En Pekín como pato laqueado -al estilo de Pekín- en uno de los restaurantes donde mejor lo cocinan, junto a los compañeros Isidre Ambrós (La Vanguardia) y Pablo M. Díez (ABC). Entre los pocos autógrafos del vestíbulo está el de Juan Antonio Samaranch -también el del exembajador Eugenio Bregolat y el de Pedro Solbes. Pronto me queda claro que Samaranch (pronunciese Samalanchi) es toda una celebridad en China, donde muchos creen que le deben los Juegos de Pekín. Hasta el punto de que en una galería de arte contemporáneo de Shanghai veo retratos pop de Mao, Marylin Monroe… y Juan Antonio Samaranch! “Balcelona, Samalanchi”, me dirá luego un taxista.

Los defensores acríticos de India argumentan que India ha conservado su esencia, mientras que China la ha sacrificado. Pero para entrar en la modernidad, India no ha tenido más remedio que hacer suya una lengua europea, el inglés. Su lengua nacional, el hindi, tiene menos presencia en internet que el catalán y su industria editorial traduce y es traducida en menor medida que la catalana. China funciona orgullosamente en chino y lo seguirá haciendo. China no se adapta -en exceso- al mundo sino que es el mundo el que va a tener que ir acomodándose a China. India, gracias al inglés de sus élites, puede producir el efecto sonoro (que no óptico) de ser mucho más parecida a nosotros (no digamos si se es británico o estadounidense). Sin embargo, la emancipación de la religión (o su exclusión de la esfera política), el pragmatismo, el igualitarismo, la modernidad, en suma, además de una ética del trabajo combinada con una cierta alegría de vivir, acercan a los chinos -y no a los indios- a nuestra mentalidad. En India, el espacio público es a menudo un espacio de tormento, de ventajismo o engaño. En China, la gente, de natural afable, es callejera y parece estar siempre bromeando, conversando, comiendo, bebiendo, jugando… No es de extrañar que la oferta de ocio de Pekín o Shanghai, cualquier noche, deje en ridículo lo que puedan ofrecer -en fin de semana- Nueva Delhi, Bombay… o Barcelona.

Objetivamente, el modelo chino es un bofetón al modelo indio. Y esto es cada vez más evidente para el mundo en desarrollo. Aunque cuesta imaginar un modelo chino sin chinos y sin su particular -y traumática- historia reciente. India, la Jerusalén olvidada del pueblo gitano, es el sálvese quien pueda. En comparación con China, India, “més vella que l’anar a peu”, jerárquica y anárquica, todavía no ha despertado. Y sin embargo, porque nos conoce mejor, nos sorprenderá. Como las películas de Kusturica. Por lo menos las primeras.

A pesar de todo, India y China, ambas en fase desarrollista, se parecen en varias cosas. Por lo menos durante una generación, parece que la cultura va a ocupar un lugar secundario en ambos países. La consigna es crecer. Posiblemente Europa, entre el balneario y la neurosis -junto a su secreción americana- seguirá siendo la locomotora intelectual y creativa del mundo. Como la democracia o el comunismo en el pasado, los moldes de valores del futuro seguramente llevarán el sello Pensado en Europa. Los hippies del futuro muy bien podrían ser asiáticos en busca de la espiritualidad de Europas. Volveremos a encender, para ellos, cirios en la penumbra de las ermitas románicas, mientras nuestros nietos les interpretan música de cámara, disfrazados de europeos.

PD: Pido disculpas por mi atrevimiento a los que verdaderamente conocen China. Y a los indios, con cariño, porque hay comparaciones odiosas. Y porque en la Pagoda de los Gansos, en Xian, donde empezaba la ruta de la Seda, pueden decir que China es como es, no sólo por Confucio o Mao, por la alianza de pragmatismo, materialismo y derivados de la Ilustración Europea. También porque hace 1350 años un peregrino chino, Xuanzang, llevó de India hasta allí cientos de textos budistas, que tradujo y propagó. Escrituras que los indios -tan ricos en tradición- pudieron permitirse el lujo de olvidar pocos siglos después. Y es que hay que pueblos que olvidan demasiado y pueblos que no olvidan lo suficiente.

http://www.lavanguardia.es/lv24h/20090908/53779674416.html

Aprofito per recomanar el llibre “Chindia” de l’editor Pete Engardio que va tenir força ressó fa pocs anys, on també es fa una comparativa d’aquests dos països i del seu pes específic dins el sistema econòmic global.

chindia

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