Un esboç sobre el Tíbet

Abril 27, 2008

A continuació us remeto un interessantissim article d’en Rafael Poch (corresponsal de La Vanguardia a Beijing) sobre la situació del Tíbet i les seves perspectives futures. Una de les millors cròniques que podran llegir aquells interessats en la temàtica.

Tíbet en el péndulo mundial

Rafael Poch | 25/04/2008 – 17:34 horas

Todas las víctimas y todos los oprimidos merecen respeto, pero eso no debería hacernos perder de vista las tendencias de fondo, que potencian a unos y marginan a otros

En su libro divulgativo sobre el problema de Tíbet, (accesible en la red en: ark.cdlib.org/ark:/13030/ft2199n7f4) Melvyn Goldstein, concluía, hace diez años, anticipando mucho de lo que estamos presenciando hoy. En primer lugar, una nueva explosión del histórico descontento tibetano a colocar en la serie del último medio siglo; 1959, 1987, 1989, 2008… Las razones de ese descontento son claras y bien conocidas, por lo que no es necesario insistir en ellas. En segundo lugar la perspectiva de radicalización.

Como tantos otros conocedores de Tibet (véase, por ejemplo el dossier de la revista “Himal” de Katmandú: www.himalmag.com/2007/april/index.php), Goldstein ya apuntaba entonces el problema de la crisis de la “vía intermedia” del Dalai Lama. El exilio tibetano, especialmente la gente joven del “Congreso de la Juventud Tibetana”, que reclama 30.000 seguidores, considera que la moderación del Dalai Lama no ha dado resultados en los últimos veinte años. Dice que las cosas están cada vez peor, y que hay que pasar a una acción más decidida, con la “Intifada” palestina como modelo e inspiración. El líder del Congreso, Tsewang Rigzin, no descarta un futuro de atentados suicidas, el peor escenario en el que, según nuestras fuentes, ya está trabajando la policía china de cara a los juegos de agosto. Ese es un “escenario más que posible” para los próximos años, que, “depende enteramente de China”, dice Rigzin. “La no violencia del Dalai Lama ha permitido a los chinos continuar el genocidio de nuestras tradiciones culturales y religiosas”. El objetivo es, evidentemente, no una “autonomía real”, sino, “la independencia a cualquier precio” (ver, entre otros, Corriere della Sera, 27 de marzo).

En enero, la organización de Rigzin y otras cuatro (la “Asociación de Mujeres Tibetanas”, los Estudiantes por un Tíbet Libre”, el “Partido Nacional Democrático de Tíbet” y el movimiento de ex presos políticos tibetanos “Gu-Chu-Sum”), crearon una coalición llamada, el “Movimiento del Levantamiento del Pueblo Tibetano” enfocada a “terminar con el dominio chino de Tíbet”. Esta coalición fue la que preparó la rebelión de marzo, que incluía una “marcha sobre Tíbet” desde India que pretendía cruzar la frontera a la brava. Previamente, el Dalai Lama había sido recibido por Angela Merkel en Berlín, y por George Bush en Washington, donde se le había impuesto la medalla del Congreso. Antes aun, la Voz de América estrenó un programa semanal de televisión vía satélite que emite en tibetano cada miércoles y que es sumamente popular en Tibet, incluidas las zonas de Gansú, Sichuan y Qinhai reclamadas como “Gran Tibet” por el Dalai Lama. Esas emisiones se captan hasta en el último pueblo de Tibet. El acto de la condecoración del Dalai Lama se realizó un miércoles, precisamente por esa razón. Las emisiones de la Voz de América y Radio Free Asia en tibetano fueron el altavoz del “Movimiento del Levantamiento del Pueblo Tibetano”.

Paralelismos con el pasado
Todo esto se parece mucho a la situación de los cincuenta, sesenta y setenta. El dinero que la CIA se gastaba entonces en financiar la guerrilla tibetana, el exilio tibetano y al propio Dalai Lama, hoy se gasta en ayudar económicamente a las organizaciones del mencionado “Movimiento…” a través de seudosonegés compañeras de viaje de la Agencia, como el “National Endowment for Democracy” (NED). Como se sabe, la acción del NED se centra en países adversarios o rivales de la política de Estados Unidos, como; Cuba, China, y Rusia, entre otros. “Reporteros sin Fronteras”, que también suele poner énfasis en ese tipo de países y que ha sido bastante activa en la actual campaña por Tíbet, también recibió financiación del NED.

El paralelismo con el pasado se resume en tres aspectos. En primer lugar, el movimiento no es “un tinglado de la CIA”: es resultado de un descontento genuino y lleno de razones. La primera guerrilla tibetana de los cincuenta no la creó la CIA, sino que fue un resultado directo de la política china. Hoy es la situación en Tibet la que crea el descontento y la protesta, no las onegés de la CIA, que, simplemente, ayudan.

El segundo paralelismo es el carácter ambiguo de esa ayuda occidental: ningún estado apoya la independencia de Tíbet, pero esa ayuda, las medallas y las recepciones al más alto nivel, sugieren lo contrario. El resultado es nefasto: da falsas expectativas a los tibetanos. Esperanzas en la intervención de un aliado que, en el fondo, no existe. En el otro lado, esa ayuda, con sus ecos de guerra fría, evoca dolorosos fantasmas de intervencionismo extranjero entre los chinos. Con la guerrilla del pasado ocurría lo mismo. El objetivo de la CIA no era la independencia de Tíbet, sino crearle problemas a China, pero los guerrilleros tibetanos, que murieron a millares, creían luchar por la independencia de Tíbet. Ahora, el apoyo de Estados Unidos, lleva a muchos tibetanos a pensar que Washington sostiene el programa del Dalai Lama, lo que fomenta la oposición a China. Si se reconociera la realidad, es decir, que ningún gobierno cuestiona la integridad territorial de China y que nadie tiene la menor intención de ir más allá de las declaraciones y los gestos, el exilio tibetano quizá formularía un programa más realista. Porque no hay duda de que China tiene responsabilidades en el fracaso de las seis rondas negociadoras celebradas desde 2002, pero, ¿sólo China?. ¿Qué decir de la reivindicación del “Gran Tibet” por el Dalai Lama?. ¿O de la retirada de las tropas chinas de toda esa región, es decir de la cuarta parte del territorio de China, con una historia de intervencionismo extranjero, tensiones fronterizas con India, etc., etc.?.

El motivo de tales disparates en la plataforma del Dalai Lama no es más que el peso que la gente de Kham (un trozo del “Gran Tíbet”) tiene en el microcosmos de Dharamsalá, la sede india del exilio tibetano. Para el Dalai Lama acabar con ese tipo de sueños supone riesgos de dividir al exilio. “En ese sentido”, dice Goldstein, “el Dalai Lama debería poner los intereses de seis millones de tibetanos de Tíbet por delante de los 130.000 tibetanos del exilio”. En Dharamsalá hay un problema de falta coraje político, que impide formular una plataforma negociadora realista para presentar a China. Aceptar una componenda mejorable en el marco de China, renunciando al “Gran Tíbet”, al independentismo de facto, y reconocer que Taiwán es China, sería visto, sin duda como una “traición” por los ultras de Dharamsalá, pero podría cambiar las cosas en un sentido muy positivo para los tibetanos de Tíbet, que son los que cuentan en esta historia. Seguramente sería mucho mejor que instalarse en el sueño independentista, no reconocido pero implícito en la “vía intermedia” y completamente manifiesto en el propósito del “Movimiento para el Levantamiento del Pueblo Tibetano”. La engañosa ayuda occidental complica explorar esa vía, sugiere Goldstein. Y el precio de ese engaño es alto.

Falsas expectativas
La “ayuda” occidental y la guerra fría en general contribuyeron a la ruptura de 1959, junto con el inmovilismo de la elite tibetana y junto con el fanatismo comunistoide de los sectores del Partido Comunista Chino, que murmuraban contra Mao por la no aplicación de la política de reformas en Tíbet. Aquella “ayuda” significó el fin de la política gradualista y cuidadosa de Mao, cuya lógica era ganarse a la elite tibetana y apoyarse en el Dalai Lama, para realizar una modernización con arraigo entre los tibetanos. Significó la denuncia del acuerdo de los 17 puntos por las dos partes, Pekín y el Dalai Lama, que lo habían firmado. La consecuencia fue un verdadero colapso tibetano. Los veinte años fatales del maoísmo, que incluyen las hambrunas del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, significaron para Tibet la destrucción del budismo y el abandono forzado de valores y costumbres que estaban en la matriz de la identidad cultural de los tibetanos. A principios de los ochenta, con Hu Yaobang en la secretaría general del Partido Comunista Chino y en un nuevo contexto internacional, China rectificó y corrigió muchas cosas, pero el tren se volvió a escapar. Y, una vez más, las responsabilidades no fueron únicamente de China. Ahora, la radicalización del exilio y la última ola de protestas, aleja más que acerca una perspectiva de solución. La paradoja, explica Goldstein es que cuanto más exitosa es la campaña tibetana ante la opinión pública occidental, mayores son las pérdidas que la causa tibetana registra en el verdadero terreno de juego, que no es París ni Washington, sino China.

El tercer aspecto es que, entonces -y ahora- el movimiento tibetano era una pieza insignificante en un tablero internacional del que los tibetanos no tenían el más mínimo control. Entonces era la lucha contra el comunismo, en el marco de la guerra fría. Hoy se trata de una rabieta para poner obstáculos a la, al parecer, imparable transferencia de poder de Occidente a Asia. La correlación de fuerzas mundial está cambiando, como ocurría con Europa a principios de siglo XX en beneficio de América. Ahora parece que la beneficiaria es una Asia con matriz en China, su centro tradicional. La impresión de que las dificultades con la guerra de Irak está dando alas a esa transferencia de poder, es general y crea ansiedad. Los juegos olímpicos de Pekín son un poco la fiesta de ese regreso de China a su posición secular, y hay muchas ganas de reventarla. Naturalmente, la situación tiene otros ingredientes – incluido los impulsos perfectamente respetables y éticamente impecables de quienes se solidarizan con los adversarios de China en Tíbet y quieren aprovechar los juegos de Pekín para promover sus agendas- pero aquí estamos hablando de los procesos de fondo.

Los derechos humanos y su política
Hay que distinguir siempre entre “derechos humanos” y la “política de derechos humanos”, es decir, la utilización política, discriminada y selectiva, de los mismos. El anhelo de los tibetanos por conseguir una autonomía digna de tal nombre, merece todo respeto. Se comprende, insisto, que deseen aprovechar la ocasión que brindan los juegos, y hasta se comprende la terrible violencia de la que hicieron gala el 14 de marzo en Lhasa, donde murieron ciudadanos completamente inocentes. Por desgracia, la historia sugiere que no hay libertad sin violencia. Los propios derechos humanos, fueron afirmados políticamente en el país que los inventó, hace más de 200 años, en medio de una tremenda e injusta violación que llevaba a la guillotina al adversario. No se trata de negar las razones de los tibetanos, sino de comprender toda la situación.

En 1984, después de una visita a Auschwitz, esa catedral de la historia europea, y de una entrevista en Varsovia con Jacek Kuron, visité la tumba del Padre Jerzy Popielusko. Había sido asesinado hacía poco por policías incontrolados y lo habían enterrado junto a su parroquia. La tumba estaba siempre llena de flores. En octubre de 1984, en plena guerra fría, la lógica de aquella “política de derechos humanos”, llevaba a “The New York Times” a denunciar en editoriales y artículos de portada el asesinato de Popieluszko, mientras se marginaba a pequeñas columnas en el interior del diario el asesinato del obispo primado del Salvador, Monseñor Romero, y de decenas de sacerdotes y monjas católicos, en aquella misma década.

En aquella época, la situación en los campos soviéticos de prisioneros en Mordovia era dura, pero era una broma al lado de lo que ocurría en Centroamérica. En aquellos años, los regímenes patrocinados por Estados Unidos, no encarcelaban a los disidentes, sino que los violaban, mutilaban y desaparecían. Pero para la publicística global, el principal crimen y el objeto primero de su atención y denuncia, era el Este, porque el asunto de fondo no eran los derechos humanos, sino combatir a la URSS. Por eso ponían a un sacerdote polaco por delante de docenas de religiosos centroamericanos, jesuitas españoles e incluso monjas estadounidenses. En aquella época, este cronista trabajaba en el Este de Europa, pero informar sobre la suerte de los disidentes del Este y ser solidario y cómplice de ellos, no impedía comprender el tablero en el que se jugaba. Evocando aquella realidad de catástrofes en el Este y en el Oeste, Jacek Kuron, uno de los más inteligentes disidentes polacos, admirador de las Comisiones Obreras españolas y luego ministro, me dijo; “el nuestro es como el diálogo entre la víctima de un incendio y la víctima de una inundación”…

Hoy esa misma lógica de la “política de los derechos humanos” es la que pone a los tibetanos por delante de los palestinos, los desastres de Irak o cualquier otra catástrofe vinculada a Occidente. Todas las víctimas y todos los oprimidos merecen respeto, tanto si son víctimas de un incendio, como si lo son de una inundación, y al mismo tiempo, eso no nos debe impedir comprender el mundo en el que vivimos.

Nuestra prensa y nuestra opinión públicas son “libres”. Libres como aquel vagabundo que cada noche puede elegir su lugar para dormir; bien debajo de un puente, bien en un palacio. Pero el vagabundo siempre elige el puente. En su elección hay muy poco de casual. Casi todo viene determinado por la realidad social. Cuando una crisis humanitaria merece la atención de una sociedad, es importante preguntarse por la fuente de esa atención, y sus coordenadas generales, por la misma razón por la que deberíamos preguntarnos por qué el vagabundo elige siempre el puente y no el palacio. Y aquí de lo que se trata es de que China se está haciendo más poderosa. Por eso, su compleja, rica en matices, y múltiple realidad, debe ser reducida a un infierno de derechos humanos. Ese es el dato esencial que se le escapa al público en esta “crisis del Tibet”, gracias a los medios de comunicación fundamentalmente insertos en la “política de derechos humanos”. Pero eso cambia poco el movimiento del péndulo de la historia.

http://www.lavanguardia.es/lv24h/20080425/53457703159.html

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